Hace unos días tuve una conversación, vía Messenger, muy desagradable.
Mi interlocutor tenía un alias donde manifestaba su rechazo a la Reforma Energética. Yo le pregunté si realmente estaba en contra. Al leer su afirmación, me preguntó mi postura. Le comenté que estaba a favor. Ella me respondió que [yo], necesitaba leer más, informarme. Le respondí que hasta la Constitución leí, [no me creyó], le comenté que leyendo textualmente la propuesta de Calderón, en NINGUNA parte se habla de privatizar Pemex [lo negó], le comentó que yo, con la misma información que ella, opinaba distinto [no lo aceptó].
Allí me ofendí. ¿Por qué será que la izquierda mexicana prefiere descalificar de ignorantes a sus contrincantes, en lugar de aceptar la diferencia? Vivo ejemplo es López Obrador: o las cosas son como él dice, o las cosas simplemente no son. Es penoso, realmente. Si yo entiendo literalmente que NO se privatiza Pemex, es porque soy un ignorante que no entiende que me quieren disfrazar las cosas, que el Gobierno me quiere ver la cara [porque seguro soy un idiota]. Dios nos libre de un Gobierno que diga la verdad. Carajo. En el fondo del asunto, México sufre de un grave, gravísimo problema de credibilidad. Y no culpo a los AMLOístas. Para nada. También son producto de un país donde por más de 70 años bebimos atole con el dedo. Pero ya va siendo hora que creamos en los demás, que creamos en el Gobierno, que los partidos dejen hablar de bulto [todos creen que son mayoría], y que dejemos de ver las opiniones contrarias como un atentado a nuestra persona, que discutamos con palabras, que dejemos de querer ganarlo todo con un machete y dos caballos.
Lo dije hace poco y los sostengo: sólo los imbéciles le temen al debate, a la discusión y al cambio.