Hola, Jaime. Disculparás la familiaridad con la que redacto estas líneas, (iba escribir "breves líneas", pero conmigo nunca se sabe). En fin. Sucede que esta tarde, con el sopor de la tarde, recordé que hace semanas no leía tu columna y decidí ponerme al tanto.
Me reí mucho con el insulto de "negro culosucio", de la columna titulada "Guerrillas amorosas". Tampoco sé qué significa aunque, confieso, lo encuentro por demás racista. Porque mira, no sólo señalan la escaza limpieza del culo sino que, agregándole dolo, lo pintan de negro. Entonces me pregunto: ¿qué será más duro de tolerar? ¿Lo negro o lo sucio del culo? Porque un culo poco aseado, pero de buenas formas, creo que puede ser tolerado. Un negro, caramba... Confieso que no soy homosexual, pero no veo porque se tendría que discriminar a un negro. Y menos en Miami.
Todo esto me hace reparar en que los insultos insultan más cuando los pensamos, y no me refiero al por qué me lo dijeron, sino al por qué es esta frase un insulto. El buen Octavio Paz nos mentó la madre a los mexicanos hasta el cansancio. Y todos lo aman por eso y yo, en un ensayo de fin de cursos en la Uni, me referí a Paz como "este hijo de la chingada", ¿creerás que mi Maestro se sintió de lo más insultado? Supongo que se ofendió por ser amigo personal de Paz, y no porque yo no tuviera razón o, tal vez, resulta que Octavio Paz viene de un finísimo linaje Criollo. Las posibilidades son amplias, muy amplias.
Pero divago. La última línea que engalana tu texto me resulta no sólo genial, sino también de lo más familiar. La frase lee "Pero no me arrepiento, es lo que soy: una buena persona cuando no escribo y una mala persona cuando escribo", (aunque las frases no lean, claro). Porque deja te digo que, como escritor que soy (y lo digo sin modestias, porque no van conmigo), ese es un asunto al que me he enfrentado en varias etapas de la vida. Recuerdo, por ejemplo, cuando estuve casado, que mis poemas causaban cierta conmoción en casa. Principalmente aquellos donde la dama descrita no correspondía a las facciones de mi entonces esposa. Qué carajos, ¿verdad? Muchos años cometí el estúpido error de no escribir cosas que pudieran poner en tela de juicio mi estabilidad de pareja. Afortunadamente comprendí, aunque me tomó demasiado tiempo, que la separación entre uno, y el que escribe, debe ser muy clara para con nuestra gente. Porque mira, uno escribe y escribe. Escribe lo que siente, piensa y dice. Luego dejo de ser escritor y opino y pienso y digo. Hablo, pues. En la cotianeidad se vale ser cuidadoso. ¿Pero con la escritura? Pues carajos, me preocupo de los acentos de y de las enigmáticas comas.
Fuera de eso, sólo me ocupa serle fiel a mi mismo. Te dejo, Jaime. Seguro tendrás más correos de Inés pendientes por leer.