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Por Armando Maya Castro | martes, 27 de octubre de 2026
La intolerancia religiosa no quedó confinada a los tiempos de las persecuciones emprendidas por algunos emperadores romanos durante los primeros siglos de nuestra era. Lejos de desaparecer con el paso de los siglos, persistió bajo distintas formas, manifestándose en actos de discriminación, hostilidad y vulneración de la libertad de conciencia y de culto.
Durante la Edad Media, esta intolerancia también se expresó en las acciones emprendidas por las autoridades eclesiásticas católicas contra quienes disentían de sus planteamientos doctrinales. La persecución de la disidencia religiosa, los procesos inquisitoriales y las sanciones impuestas a quienes se apartaban de la ortodoxia evidenciaron las consecuencias de restringir la libertad de pensamiento y de conciencia en materia religiosa.
Numerosas personas fueron acusadas de herejía y sometidas a procedimientos inquisitoriales por sus ideas o planteamientos doctrinales. Entre los casos más conocidos se encuentran Jan Hus, sacerdote y reformador religioso ejecutado en 1415; Giordano Bruno, fraile dominico condenado por la Inquisición romana y ejecutado en 1600; y Galileo Galilei, juzgado en 1633 y obligado a retractarse de sus afirmaciones sobre el heliocentrismo. Aunque sus casos tuvieron circunstancias diferentes, todos forman parte de la historia de los conflictos entre las autoridades religiosas y determinadas ideas que cuestionaban las concepciones aceptadas en su época.
México tampoco fue ajeno a esta realidad. Durante los tres siglos del Virreinato de la Nueva España, el catolicismo mantuvo una posición religiosa dominante, respaldada por las autoridades civiles y eclesiásticas, que restringió severamente la práctica pública de otras confesiones cristianas. Esta situación comenzó a transformarse durante las primeras décadas del México independiente, aunque los cambios fueron graduales y estuvieron marcados por intensos conflictos políticos y sociales.
Un cambio decisivo se produjo en el siglo XIX, durante la Reforma liberal encabezada por Benito Juárez García y otros liberales. La Constitución de 1857 representó un avance en la construcción de un Estado liberal, aunque no estableció todavía una garantía explícita y general de libertad de cultos. Fue en 1860 cuando se promulgó la Ley sobre Libertad de Cultos, en el marco de las Leyes de Reforma, y en 1873 cuando estas disposiciones adquirieron rango constitucional. Tales transformaciones contribuyeron a debilitar el monopolio religioso que había prevalecido durante siglos y sentaron las bases jurídicas para el reconocimiento de la libertad de conciencia y de culto en México.
No obstante, este proceso no significó que la intolerancia religiosa desapareciera de inmediato ni que la libertad religiosa quedara plenamente consolidada. Su reconocimiento y protección continuaron evolucionando a lo largo de la historia nacional. La Reforma liberal marcó, sin duda, un punto de inflexión en el tránsito hacia un Estado que reconociera la diversidad de creencias y limitara la imposición de una confesión religiosa sobre el conjunto de la sociedad.