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Tengo sobre mi escritorio una fotografía en donde aparezco, de pie, con un vestido verde aceituna, con un vaso de cristal en la mano, mirando a la cámara de una manera extraña, como nerviosa o asustada. junto a mí, un hombre, con traje gris y corbata color vino, de mirada dulce y que dirigía a la cámara una mirada tranquila y afable. Una hermosa y extraña fotografía. Durante algunos años, la gente cuando veía la foto me preguntaba que si ese hombre era mi padre, luego de algún tiempo empezaron a preguntarme que si era mi esposo, al paso que esto va, pronto van a preguntarme si es mi hijo.
El hombre con el que estoy es José Saramago. Tengo muchos años viendo esa foto y aún no puedo creer que sea yo quién esté con él. Estoy con Saramago porque él fue invitado especial en una Feria de Libro de Guadalajara al coctel de recepción al que acudieron invitados selectos de editoriales y librerías. El premio Nobel autor de la mejor literatura moderna, sencillo, amable y solícito, se retrató con cada una de las mujeres que hicimos una larguísima fila para tener de recuerdo esa inolvidable fotografía. Parecía que nos conocía a cada una de nosotras, cuando llegaba nuestro turno nos sonreía amablemente como si nos conociera, yo le dije “multo obrigado” las dos únicas palabras portuguesas que me aprendí.
José Saramago nació pobre, hijo de padre campesino y de madre analfabeta. A los quince años ya no pudo seguir en la escuela por pobre precisamente. Se hizo cerrajero, luego anduvo por ahí haciendo de todo: traducciones, correcciones y acercándose a lo que después sería su vida. La literatura. En toda su obra se introduce y explora la conciencia social, nos coloca en el límite de la observación para entender las motivaciones de los seres humanos y sus actuaciones tan ilógicas, tan inhumanas. Sin utilizar signos de puntuación, establece una técnica narrativa en que la realidad se confunde disfrazada de humor y de sarcasmo. Amor y erotismo, novela política, historia, neorrealismo. Prosa poética. Saramago es todo. Narrador de gran estilo y dolorosa verdad.
Decía Saramago que dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y que eso es lo que realmente somos. La carga genética, la infancia con sus traumas y sus ilusiones, todo se va acumulando y nuestra adultez es un cúmulo de experiencias, conscientes algunas y otras no, la mayoría de ellas ocultas en las profundidades, pero presentes siempre en nuestros pensamientos y por ende, en nuestras palabras. Imposible eludir nuestro pasado, imposible eludirnos a nosotros mismos. Resiliencia pura: “Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizás no merezcamos existir”.
Yo tiendo a enamorarme de hombres que no tienen la menor idea de mi existencia. Son en la mayoría de los casos, hombres de la palabra. Esto significa que me enamoro de su pensamiento, que es, a mi juicio, la única forma en la que una se puede enamorar, José Saramago fue uno de esos hombres, era el que encabezaba la lista de mis amores imposibles.
Saramago anduvo en la vida en múltiples quehaceres, y luego abandonó todo y se dedicó totalmente a escribir, se fue a Lanzarote, a las Islas Canarias, y allí vivió hasta el fin de su vida. Un día me decidí, tenía que hacer el viaje que imaginé y lo hice. Llegué una mañana temprano y desde el barco, al amanecer, avizoré la isla. Verdes en todos los tonos conjugados en la espléndida naturaleza y las casas blancas de tejas rojas, eran un regalo magnífico a la vista en medio de los impresionantes azules de sus costas. Caminé por las calles del pueblo y luego fui a la casa donde él vivió. Ahora es un museo, sus colecciones y sus obsesiones están allí, en la casa con vista al Atlántico, al oeste de Marruecos, viendo hacia Portugal. Respirar el aire cargado de la isla, contemplar sus espléndidos cielos e imaginar que por las viejas callejuelas del pueblo había caminado él, fue una experiencia que no olvidaré jamás.
Decía Saramago que el viaje no termina jamás, que sólo los viajeros terminan y que también ellos pueden sobrevivir en memoria, en recuerdo, en narración, que el objetivo de un viaje es sólo el inicio de otro viaje.