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Por Redacción | lunes, 20 de julio de 2026
La memoria es obsesiva, dicen. La desmemoria lo es más. Algunos recuerdos están tan presentes como el presente mismo y otros han quedado borrados para siempre. Tan borrados están, que suele suceder que alguien rememore alguna vieja anécdota del pasado donde nosotros aparecemos y aunque escuchamos con atención y expectativa, no recordamos en absoluto el suceso.
Y en sentido contrario puede suceder que en el momento menos esperado viene un recuerdo o varios, salen del espacio misterioso donde estaban y se aparecen. No respetan ninguna cronología, van saliendo del sueño donde estuvieron dormidos quizás por más de medio siglo y es entonces que se vuelven obsesivos, con sus repeticiones y sus reiteraciones y lo peor es que si son recuerdos malos, también regresan con su parte de dolor.
El enorme misterio del olvido y el recuerdo. No hay reglas y aunque quisiéramos olvidar los malos momentos, no es posible siempre, se puede bloquear la memoria, más no aniquilarla. Se bloquea como un acto de supervivencia, pero cuando emergen los recuerdos dan hasta para hacernos creer que podemos escribir un libro, la crónica familiar tiene suficiente material literario, pensamos.
Y de hecho lo tiene. Las mejores novelas que he leído son producto de esos registros de acontecimientos y recuerdos que los escritores van entrelazando y luego dándoles forma hasta organizar una estructura narrativa. Los grandes narradores tienen ese poder y además reinventan y acomodan las cosas de tal manera que describen a héroes y personajes que nunca fueron tales en realidad, pero ahora pueden serlo, a la luz del ideal o al contrario, por falta de suficiente luz en el recuerdo.
De esas cronologías nunca resulta una visión simplista de la vida. Aún en las narraciones complejas en que los hechos se relatan en varios planos y tiempos, siempre se termina por encontrar motivos que no se esperaban encontrar y la historia nos encamina de manera natural a analizar el tiempo y las circunstancias. La crónica del dolor y el sufrimiento en ocasiones termina siendo un ensayo social y político impresionante.
Todas las historias surgidas de la Guerra Civil de España acaban siendo eso. Es una época que me apasiona porque mi abuelo vino acá como refugiado y contaba poco o no contaba nada de su juventud, sólo escupía maldiciones hacia Franco y La Guardia Civil que le había matado a las hermanas. De su padre hablaba poco y de su madre menos. Sólo tenía un ojo mi abuelo y nunca nadie le preguntó en dónde había quedado el otro. Por todas las preguntas que no hice y por supuesto las respuestas que nunca obtuve, años después empecé a leer sobre esa época de España. Algunos autores y novelas ya no los recuerdo pero me quedaron en la memoria para siempre los tres libros de Episodios de una Guerra Interminable de Almudena Grandes, (Inés y la Alegría, El escritor de Julio Verne y Las Tres Bodas de Manolita). También La Noche de los Tiempos de Antonio Muñoz Molina y por supuesto la espléndida trilogía de José María Gironella (Los cipreses creen en Dios, Un millón de Muertos y Ha estallado la Paz).
Todos esos acontecimientos narrados con veracidad y crudeza que están allí, son recuerdos personales o contados por padres y abuelos que los vivieron. Pero se necesita una memoria obsesiva y una capacidad para desbloquear lo que no deseamos recordar para documentarlos y hacer una novela. Aceptar el sufrimiento y asumirlo y luego quizás, la expiación en el acto de escribir.
Entonces dejémosles este doloroso ejercicio a los que tienen valor para enfrentar a la memoria. Porque eso de andar escudriñando en los rincones del alma o en los baúles viejos es arriesgado, se corre el riesgo de encontrar algo, una carta de amor desventurado que ya no tiene remedio o algún papel o memorándum que remitió el Cementerio en el que informaba que los restos del niño que estaban en el tercer patio, cuadro primero, fila segunda, número tres a la derecha, han sido pasados a la fosa común por haber sido sepultura temporal y no haberse renovado los derechos.
Como dije, algunos recuerdos están tan presentes como el presente mismo y otros quedan borrados para siempre. Bendita desmemoria.
viveleyendo.normabustamante@gmail.com