Perspectiva: Le falta un trago a mi cruz
Editorial | lunes 20 de abril
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Por Braulio Serrano Ruíz | lunes, 20 de abril de 2026
Mexicali...
En tiempos donde la política suele caminar más rápido que la ciencia, hay escenas que ayudan a entender hacia dónde quiere moverse un gobierno. La visita de la presidenta CLAUDIA SHEINBAUM PARDO al CENTRO NACIONAL DE SUPERCOMPUTACIÓN DE BARCELONA no fue una postal turística ni una escala de protocolo: fue una señal de rumbo. En el corazón de una de las infraestructuras científicas más avanzadas de Europa, la mandataria revisó los avances de COATLICUE, el proyecto con el que MÉXICO busca dar un salto de fondo en capacidades de supercómputo, inteligencia artificial y desarrollo tecnológico.
La escena importa por sí misma. SHEINBAUM recorrió la supercomputadora MARE NOSTRUM 5, conoció los ordenadores cuánticos y dialogó con académicos sobre proyectos de colaboración científica entre MÉXICO y el centro barcelonés. No se trata de una visita cualquiera. El mensaje político es claro: si el país quiere competir en serio en la nueva economía del conocimiento, necesita dejar de ver la tecnología avanzada como lujo de potencias extranjeras y empezar a asumirla como infraestructura estratégica de Estado.
COATLICUE, según ha sostenido el propio gobierno federal en meses recientes, está pensada como una supercomputadora pública de gran escala, vinculada al PLAN MÉXICO, con la ambición de convertirse en una de las plataformas científicas más potentes de la región. Distintas publicaciones han reportado que el proyecto contempla una inversión de alrededor de 6 mil millones de pesos y que su objetivo es fortalecer la investigación, el procesamiento avanzado de datos y el desarrollo nacional en campos estratégicos.
Pero más allá de las cifras y de la potencia de cálculo, lo verdaderamente relevante es lo que simboliza. Durante años, MÉXICO habló de soberanía energética, alimentaria y hasta sanitaria. Ahora empieza a colocarse sobre la mesa otra discusión que será igual de decisiva en el siglo XXI: la soberanía tecnológica. Tener capacidad propia de cómputo de alto rendimiento no es un capricho académico; significa contar con herramientas para procesar información compleja, modelar escenarios, desarrollar ciencia aplicada y no depender por completo de centros de datos, algoritmos o plataformas diseñadas fuera del país.
Y ahí está el giro que vale la pena subrayar. Mientras otros gobiernos redujeron la tecnología a la compra de equipos o al discurso del “vamos a digitalizar”, la administración de SHEINBAUM parece querer empujar un planteamiento más estructural: crear capacidades nacionales. El hermanamiento con el BARCELONA SUPERCOMPUTING CENTER no solo apunta a importar conocimiento, sino a formar talento, abrir rutas de cooperación y sentar las bases para que el país construya músculo científico propio. De acuerdo con reportes sobre la visita, incluso se ha insistido en que la futura operación debe descansar en especialistas mexicanos formados para esa tarea.
Desde luego, como ocurre con toda gran promesa pública, la duda no es menor: ¿podrá aterrizarse en resultados tangibles? Porque en MÉXICO la distancia entre el anuncio y la consolidación suele ser traicionera. Hace falta presupuesto constante, coordinación institucional, planeación territorial, formación de cuadros y, sobre todo, una visión de largo plazo que sobreviva al entusiasmo inicial. Una supercomputadora no transforma por decreto. Transformará si se articula con universidades, centros de investigación, políticas industriales y necesidades concretas del país.
Sin embargo, también sería mezquino minimizar la magnitud de la apuesta. En un mundo donde los datos mueven mercados, guerras, sistemas de salud, diagnósticos climáticos, producción industrial y seguridad digital, quedarse fuera de la carrera tecnológica equivale a aceptar una dependencia permanente. Por eso la visita en BARCELONA merece leerse como algo más que un evento de agenda internacional. Es, en realidad, una pieza del rompecabezas de un modelo de desarrollo que intenta vincular ciencia, Estado y futuro.
Para BAJA CALIFORNIA, el tema tampoco resulta ajeno. Esta frontera ha vivido durante décadas entre dos realidades: por un lado, la manufactura avanzada, la vocación exportadora y la cercanía con ecosistemas de innovación; por el otro, la falta de una integración más robusta entre industria, academia y políticas públicas de alto contenido tecnológico. Un proyecto como COATLICUE abre, al menos en el terreno de la posibilidad, una conversación que la región debería observar con atención. Si MÉXICO va a fortalecer su infraestructura científica, las entidades con perfil industrial, universitario y fronterizo tendrían que estar en la primera fila para vincularse.
No es un asunto abstracto. El supercómputo puede traducirse en investigación médica, optimización logística, diseño de materiales, análisis ambiental, prevención de desastres, gestión hídrica y desarrollo de inteligencia artificial aplicada a problemas reales. En un estado como BAJA CALIFORNIA, donde conviven la presión hídrica, la expansión urbana, la industria de exportación y la necesidad de mayor competitividad, contar con una estrategia nacional de este tipo puede dejar de ser una curiosidad de laboratorio para convertirse en una herramienta de planeación.
La presidenta, por lo visto, quiso mandar también un mensaje de confianza. En el recorrido por MARE NOSTRUM 5 y por las áreas de computación cuántica, el gesto fue el de quien no llega a admirar vitrinas, sino a revisar un camino en construcción. En política, el simbolismo importa. Y el símbolo aquí fue sencillo: MÉXICO no quiere mirar la revolución tecnológica desde la banqueta. Quiere entrar al edificio.
Claro, el verdadero examen vendrá después, cuando el discurso de innovación tenga que resistir la prueba del presupuesto, la ejecución y los resultados. Pero al menos esta vez el país está discutiendo algo que vale la pena discutir: no cómo administrar la dependencia, sino cómo empezar a superarla.
Y en un sexenio donde abundan las urgencias sociales, económicas y de seguridad, no está de más recordar una verdad elemental: ningún país se vuelve más justo renunciando a la ciencia. Al contrario. La justicia del futuro también se juega en la capacidad de generar conocimiento, procesar datos y poner la tecnología al servicio del desarrollo nacional. Si COATLICUE avanza como se promete, la visita de BARCELONA podría recordarse no como una escala diplomática más, sino como una postal temprana de una ambición mayor.