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A lo largo de la historia moderna de este país, se han implementado muchas reformas educativas en educación básica. Algunas fueron realmente buenas y aportaron al proceso educativo elementos que contribuyeron a fortalecer las técnicas de la enseñanza y los contenidos, otras no lo lograron tanto, pero usualmente esas reformas eran tomadas con recelo por el magisterio que sabe que las políticas educativas oficiales no siempre son realmente efectivas en la práctica. Son los maestros, los que en su quehacer diario frente a los grupos pueden realmente calibrar la viabilidad de los cambios propuestos. Cuando los nuevos modelos de enseñanza realmente funcionan, los adoptan de inmediato, cuando no es así, simplemente los eluden y siguen trabajando bajo los viejos métodos que siempre les han dado resultados.
Hace algunas décadas para la enseñanza de la lectoescritura se impuso el Método Global de Análisis Estructural. Hasta ese momento los niños mexicanos habían aprendido a leer con los métodos silábico, onomatopéyico o ecléctico, casi infalibles. En tres meses en primer grado los niños leían y si eso no sucedía el director y los padres de familia empezaban a ver al maestro de manera sospechosa. Enseñar a leer era un proceso casi mágico que se iniciaba con las vocales recurriendo a los sonidos onomatopéyicos de ruidos y sonidos sobre todo de animales, luego se empezaban a unir esas vocales formando diptongos y después venía la primera consonante que era la letra S. Cuando el niño leía y escribía la palabra oso, habíamos triunfado.
Una de los cuestionables motivos que se argüía por lo cual había que eliminar estos métodos tradicionales, era que provocaban que la lectura nunca lograra fluidez, que hacía que los niños leyeran balbuceante y segmentado, además que el proceso era mecánico y no se entendían los contenidos semánticos de las palabras, o sea los significados. ¿Quiere decir que todos los mexicanos que habíamos aprendido a leer de esa manera no leemos de corridito ni comprendemos? pues eso decían, y que El Método Global de Análisis Estructural venía a ser la panacea, la solución a todos los problemas de la enseñanza de la lectoescritura.
“La manzana es roja”, “El loro es verde” así se empezaba desde el primer día. Se colocaban letreros en las paredes y los niños repetían los enunciados y las frases sin conocer las letras. Era perturbador y además se eliminaba de tajo la enseñanza de la letra cursiva o manuscrita. Como si se adivinara lo que venía, se anunció que con este método, por ser más lento, podían verse los resultados hasta finales de primer grado o principios de segundo (lo que no decían era que para ese tiempo los padres de familia ya hubieran sacado al maestro del aula.
En realidad casi nadie fue fiel a esta reforma, no se aplicaba el método, llenábamos las paredes con los enunciados y las frases que nos exigían, pero nos sentábamos con cada uno de los niños, como siempre, aplicando la enseñanza individualizada, con nuestros métodos de siempre: La m con la a es ma. La m con la e es me y así sucesivamente. Mi mama me mima, mi mamá me ama. Tito tose y El sol sale, eso en primer grado. En los grados subsecuentes. la gramática se convirtió en un desastre, las viejas clasificaciones desaparecieron y entraron rozagantes los lexemas, los gramemas. El verbo se convirtió en núcleo verbal, el sustantivo en núcleo nominal. Los adjetivos y los adverbios se transformaron en modificadores simples y compuestos, los artículos perdieron su individualidad y se integraron a los núcleos, las preposiciones cambiaron su nombre y quedaron simplemente catalogadas como palabras unitivas o enlaces. Fueron arrasadas las categorías gramaticales.
Los maestros optamos por atender con respeto y atención las indicaciones, íbamos a algunos cursos, insuficientes siempre e impartidos por tutores que sabían lo mismo del Método que nosotros, o sea, nada. Luego volvíamos a nuestras aulas y echábamos mano de todo lo que estaba a nuestro alcance con nuestras viejas técnicas para enseñar a leer y lo lográbamos por supuesto.
Esa Reforma Educativa fue un fracaso como lo son otras Los reformadores y creadores de las políticas educativas deberían no sólo ostentar títulos de maestrías y posgrados, sino el comprobante real que han estado frente a grupo, porque no siempre la manzana es roja ni el loro es verde.