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Por Redacción | viernes, 24 de abril de 2026
Por Armando Maya Castro
Los rumores, la desinformación y las calumnias han provocado tragedias a lo largo de la historia. Mucho antes del Holocausto, ya existía un ambiente de prejuicios y acusaciones infundadas, donde los judíos fueron culpados injustamente de diversos delitos durante generaciones.
El mito del deicidio (la creencia de que los judíos fueron responsables de la muerte de Jesús como si se tratara del asesinato de Dios) surgió en los primeros siglos del cristianismo y fue difundido por el clero medieval, consolidando una idea de culpa colectiva durante generaciones.
Con el tiempo, las acusaciones se multiplicaron y se volvieron más graves y fantasiosas. En la Edad Media surgió el ‘libelo de sangre’, que afirmaba falsamente que los judíos asesinaban a niños cristianos para rituales. También se les acusó de profanar la hostia: robar y destruir elementos sagrados, como si intentaran crucificar de nuevo a Cristo.
En el siglo XIV, durante la Peste Negra, se acusó falsamente a los judíos de envenenar pozos. Esto provocó persecuciones y masacres, y reflejó cómo el miedo y la ignorancia desataron violencia contra un grupo vulnerable.
Lo ocurrido antes y durante la Segunda Guerra Mundial fue consecuencia de siglos de discriminación contra el pueblo judío, descendiente de Abraham. Y es que las grandes injusticias suelen comenzar con ideas y juicios aceptados sin cuestionar: afirmar que “todos son culpables” es el primer paso hacia la negación de la dignidad humana.
Hoy persiste la tentación mediática de generalizar y condenar; por eso, recordar el pasado es una advertencia: el odio racial o religioso puede repetirse. Conviene recordar que, antes de los crímenes de odio, se gesta un discurso que normaliza el prejuicio y sustituye la verdad y la justicia.
Recordar el pasado es esencial: solo así evitaremos que el prejuicio y el odio, disfrazados de verdad, vuelvan a convertirse en tragedia. Porque toda violencia comienza cuando dejamos de ver al otro como persona y aceptamos sin cuestionar ideas que niegan su dignidad.