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Por Redacción | lunes, 25 de mayo de 2026
Por Norma Bustamante
Si escribir es un acto solitario, la lectura del texto es absolutamente pública. Las palabras sin destino preciso alcanzarán para algún lector un poder inconmensurable, rebasando las expectativas de quién las escribió y paradójicamente otro lector las encontrará insignificantes y sin mayor relevancia. ¿Quién es el lector? La gran pregunta sin respuesta, o la gran pregunta con infinitas respuestas es un misterio inquietante y singular para el escritor.
Jorge Luis Borges dijo que el sentido del texto literario no depende sólo de quien lo construye sino de quién lo lee. El texto -decía-, es una situación de interpretación, tanto, que la misma filosofía puede leerse como literatura fantástica en un efecto producido por el mismo acto de leer. El lector es más que un descifrador, es un intérprete, y al interpretar se conjugan las experiencias del lector, sus anteriores lecturas, su vida misma.
¿Qué es un lector? ¿Quién es? ¿Qué le sucede mientras lee? Se pregunta Ricardo Piglia, en su libro: “El último lector” y advierte: “Asistimos a una variedad infinita de lectores, el visionario, el enfermo, el compulsivo, el melancólico, el traductor, el crítico, el escritor, el filósofo y el propio autor, que incluso en sucesivas lecturas de su producto encuentra nuevas interpretaciones”.
Afirma Piglia que “un texto construye un espacio entre lo imaginario y lo real, desarma la clásica oposición entre la ilusión y la realidad y no hay nada más real que el acto de leer, pero también no hay nada más ilusorio que ese acto de leer”. Es así pues que el lector entendido como descifrador, como interprete, es libre de hacer con las palabras lo que quiera y juzgue conveniente. El autor queda inerme, imposibilitado de toda acción que pueda influir en esa interpretación. El texto deambulará entre lectores mediocres que no encontrarán nada en él, pero también entre lectores delirantes que verán más que lo que el autor sugería y también lectores apasionados y compulsivos que imaginarán que el texto conlleva los más siniestros mensajes.
A lo largo de la historia se han escrito libros que en su momento han herido las morales colectivas porque han encontrado lectores con el poder suficiente para elevar su disgusto al establecimiento de censuras literarias e incluso de políticas públicas. Las Viñas de la Ira del escritor norteamericano John Steinbeck publicado en 1933, considerado ahora un clásico de la literatura fue prohibido y quemado en masa porque describía descarnadamente la pobreza extrema en la Gran Depresión de los años 30.
Toda la obra de Franz Kafka, escritor checo que escribía en alemán, fue prohibida durante el régimen nazi. Su cuento, Metamorfosis, que ahora es texto casi obligatorio en educación media, era considerado altamente perturbador y fantasioso y peligroso para los jóvenes. Los Versos Satánicos de Salman Rushdie fue prohibido por la comunidad musulmana, incluso con penas de cárcel para quienes lo leyeran. Salma Rushdie fue acosado y perseguido y tuvo que esconderse para no ir a la cárcel.
La lista de libros censurados es muy larga, Hasta Alicia en el País de las Maravillas fue prohibido en China por considerar peligroso para los niños imaginar que los animales hablaran. Las Aventuras de Tom Sawer fue prohibido por utilizar un lenguaje racista. Fhareneit 451, Madame Bovary e incluso Harry Potter tuvieron sus prohibiciones en algún momento y en algunos países. Hoy todos estos libros pertenecen a la lista de los imprescindibles, y muchos de ellos han sido posteriormente premiados.
Estos libros como muchos otros han tenido malos lectores, de mentes obtusas, mediocres y prejuiciosas. Lectores que se convierten en críticos y en censores morales que juzgan y califican desde las diminutas e insignificantes perspectivas de su vida. Los malos y prejuiciosos lectores están en todas partes y el riesgo de la denostación perversa siempre está allí. Jorge Luis Borges decía que la mayor enseñanza de la literatura es la certeza de que no depende de quien la construye sino también de quien la lee. Un texto tiene todas las lecturas posibles y por eso todos los riesgos. El escritor lo sabe y lo asume. Ésa es la magia de literatura y de la libertad.
viveleyendo.normabustamante@gmail.com