Editorial

La visión de lo invisible: Senderos ilógicos

Por Redacción | martes, 16 de junio de 2026

EMX-La visión de lo invisible: Senderos ilógicos

Por José Rogelio Brambila Suárez


En una sociedad obsesionada con la velocidad, la productividad y las apariencias, pocas veces nos detenemos a escuchar el lenguaje discreto de la fragilidad. Vivimos rodeados de relatos sobre el éxito, la fuerza y la superación, pero rara vez hablamos de esos cambios silenciosos que ocurren en el interior de las personas cuando el tiempo comienza a dejar huellas más profundas. La adultez mayor no siempre se manifiesta en grandes acontecimientos; muchas veces se revela en pequeñas transformaciones cotidianas, en la manera de levantarse de una silla, de recorrer una escalera o de descubrir que el propio cuerpo ha comenzado a hablar un idioma distinto. La reflexión que sigue no pretende ofrecer respuestas ni diagnósticos. Es, más bien, una mirada hacia ese territorio íntimo donde la fragilidad, la dignidad y la perseverancia conviven bajo el mismo techo.

“Hay mañanas en que el cuerpo amanece como una casa desconocida. Uno pone los pies en el suelo y duda del suelo, de la costumbre. De la taza en la cocina que guarda café o una pequeña porción de intemperie. Algo ha cambiado. No en la lámpara ni en la puerta, ni en la obstinación del agua sobre el lavabo. Ha cambiado más adentro, en ese sitio sin nombre donde antes vivía una confianza simple: alzar un brazo, caminar unos pasos, respirar sin escucharse.

Ahora el cuerpo es una conversación difícil. Ya no es esta suma discreta de huesos y músculos obedientes; es un cuarto lleno de preguntas, una maquinaria íntima donde alguien dejó una pieza de más o una ausencia.

Y yo, que crucé la vida sin pensar en las rodillas, en el pulso, en el oscuro oficio de la sangre, miro mis manos como animales cansados que aún desean el mundo, pero han aprendido a tocarlo despacio.

No exagero. La exageración es una máscara torpe. Prefiero decir: hay una grieta. No siempre se ve, pero modifica la luz. Hace que la cuchara pese distinto, que una escalera sea una pregunta, que el espejo interrogue con una cortesía que lastima. Hay días en que el pecho es un cajón mal cerrado. La espalda, un pasillo largo. Las piernas, dos testigos. Los hombros, dos ciudades cansadas.

Y el corazón, no el del calendario, sino este otro, uno lo recoge del suelo en fragmentos mínimos, como si hubiera caído de una repisa invisible. Recoger pedazos del corazón es una tarea doméstica. Se hace en silencio: junto a la cama, junto al plato inconcluso, junto a la ventana donde la tarde ensaya su despedida. Es aceptar que la vida no siempre sabe lo que hace y, aun así, tenderle la mesa.

Porque también ocurre el hartazgo de recorrer senderos ilógicos. Ir de una sala a otra, de una noche sin argumento a una mañana que insiste como si nada. Preguntarle al cuerpo qué pretende, leer en la carne una escritura torcida. Hay algo absurdo en todo esto.

No lo digo con desprecio, sino con un asombro agrio. Absurda es la hora que se repite sin explicarse. Absurda la espera, la silla, el pasillo, el modo en que el mundo continúa como si no hubiera cambiado. Uno querría volver a la antigua ignorancia: esa forma humilde de la dicha que no sabía cómo el tiempo iba dejando su firma en la cadera, en la nuca, en la manera de levantarse como quien sale despacio de un recuerdo. Pero el cuerpo ya habló. No con palabras. Habla con demoras, con interrupciones, con esa disolución patética de antiguas certezas.

Y uno entiende que lo esencial también se fatiga. También se sienta a mirar por la ventana como si esperara instrucciones de un árbol, de una nube que se deshace sin escándalo.

Sin embargo, no todo es derrumbe. Junto a la grieta ha aparecido otra cosa: una atención nueva. Una forma más honda de tocar la mesa, de mirar el pan, de agradecer el agua cuando cumple su milagro sencillo. He descubierto la iridiscencia en lo mínimo: la cuchara, la toalla limpia, la lentitud honorable de unos zapatos, la luz sobre el piso, la mano cercana que no corrige el dolor, pero lo acompaña. Hay una iridiscencia humilde en seguir aquí. No una brillantez estridente, sino ese reflejo tenue de lo que es frágil y aun así persiste.

Tal vez de eso se trate: de ofrecer los colores, aunque la duración sea breve. El tiempo, mi adversario y mi maestro. Antes lo creía dócil. Ahora sé que tiene pliegues, sombras, rincones donde una tarde pesa como una estación. Pero enseña. Enseña a no malgastar la mañana, a distinguir lo urgente de lo importante, a respetar el cansancio, a no entregar el alma a cualquier ruido. Enseña a mirar la fragilidad sin convertirla en espectáculo.

Porque la fragilidad no pide aplausos: pide una silla, un poco de sombra, la dignidad de no ser expuesta.

Dignidad: palabra grande para actos mínimos. Sentarse. Levantarse. Doblar la ropa. Lavar una taza. Responder con calma cuando adentro el caos desordena todo. Porque sí: hay caos. Tardes en que la vida pierde su argumento. Tardes en que el mundo se mira a sí mismo con una expresión absurda. Y entonces uno comprende que el valor no estaba donde creía.

Está en la planta junto al muro, en la cobija bien puesta, en la paciencia de quien escucha, en la terquedad de seguir siendo amable. Eso he aprendido en esta región de mí: que el alma también es puesta a prueba. Y no siempre responde bien.

Hay noches de vacío. Noches donde la pregunta es honda: ¿qué sostiene a un ser humano cuando descubre que no manda? No tengo una respuesta. Pero hay cosas que sostienen: una voz cercana, una ventana abierta, la memoria de resistencias antiguas, la luz sobre los objetos pobres. Dar las gracias, incluso ahora. No como rendición, sino como reconocimiento de que algo no ha sido derrotado.

Hay una parte de mí que no acepta hundirse. Se levanta, camina, se sienta a la mesa, insiste. Y en esa insistencia hay una forma de belleza. Una belleza sin ornamento: la de quien sigue, la de quien habita un cuerpo incierto sin dejar de llamarlo casa.

Porque sigue siendo casa. Una casa con grietas, con sombras, con puertas que requieren cuidado. Pero casa. Y uno aprende a vivir de otro modo en ella. A escuchar el crujido. A dejar entrar el aire. A agradecer que siga en pie.

No diré que todo estará bien. Prefiero decir que he conocido una región de mí donde el miedo y la ternura se sientan juntos, donde el absurdo no cancela la belleza, donde la fragilidad no ha vencido a la dignidad. Eso queda al final de los senderos ilógicos: no una respuesta, sino una forma más honda de permanecer.

Permanecer como una lámpara encendida, como una taza tibia, como la última luz sobre la mesa. Como una mínima iridiscencia que no resuelve nada, pero acompaña. Y acaso eso baste. Salir al día siguiente no como quien conquista, sino como quien acepta el misterio.

Y ver todavía el mundo, la ropa tendida, la ventana, la luz y no retirarle del todo la confianza.

Esa, quizá, sea la forma más secreta del coraje”.

Quizá una de las grandes tareas de nuestro tiempo sea aprender a reconocer estas experiencias sin convertirlas en motivo de lástima ni ocultarlas detrás del ruido de la vida cotidiana. La fragilidad forma parte de la condición humana y, lejos de disminuirnos, puede revelar formas inesperadas de fortaleza.

En la adultez mayor, cada gesto cotidiano adquiere un valor distinto; cada día vivido se convierte en una lección silenciosa sobre resistencia, adaptación y significado.

Desde esta Visión de lo Invisible, vale la pena recordar que detrás de cada persona que avanza más despacio, que guarda más silencios o que parece habitar otro ritmo, existe una historia profunda de aprendizajes, pérdidas, descubrimientos y coraje.

Tal vez el verdadero desafío no sea vencer al tiempo, sino aprender a caminar junto a él sin perder la capacidad de agradecer la luz que todavía entra por la ventana.

Porque mientras permanezcan la dignidad, la ternura y la voluntad de seguir habitando el mundo, siempre habrá una forma de belleza capaz de resistir incluso en medio de los senderos más ilógicos.

Comentarios: ultrared@hotmail.com