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Por Armando Maya Castro | martes, 8 de septiembre de 2026
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), creado el 15 de diciembre de 1972, lanzó recientemente una advertencia: nuestro planeta podría rebasar el límite de 1.5 °C de calentamiento en los próximos cinco a diez años, lo que aceleraría y agravaría fenómenos como las olas de calor y las inundaciones.
Esta alerta fue planteada por Iván García Kerdan, destacado ingeniero de sistemas, profesor asociado del Tecnológico de Monterrey y Yale Climate Fellow de la Universidad de Yale. Durante su intervención, el académico explicó la alta vulnerabilidad de México ante los efectos del calentamiento global y señaló las acciones urgentes que se requieren para hacerles frente.
No se trata de asustarnos ante este tipo de advertencias, sino de tomar conciencia y actuar. De poco serviría un nuevo llamado de atención si, una vez más, termina como tantos otros: escuchado, comentado y finalmente olvidado, sin que se traduzca en acciones concretas.
Lo que todos debemos saber es que la Tierra está experimentando fenómenos que en el pasado no eran tan frecuentes ni tan devastadores. Un ejemplo de ello son las olas de calor extremo. En México, durante 2024, una intensa ola de calor provocó temperaturas extraordinariamente elevadas en diversas regiones del país, con registros que superaron los 45 °C en algunos estados y consecuencias importantes para la salud, los cultivos, los ecosistemas y el suministro de agua.
Lo mismo ocurre con las lluvias torrenciales y las inundaciones. Episodios que antes podían considerarse excepcionales hoy se presentan en distintas regiones del mundo con mayor frecuencia y, en algunos casos, con una capacidad destructiva mucho mayor.
Ante esta realidad, no podemos permanecer como simples espectadores. El cambio climático no es un problema del futuro; es una realidad que ya estamos viviendo y que nos obliga a actuar. Cada gobierno, cada institución, cada empresa y cada ciudadano tiene una responsabilidad que asumir. Cuidar el agua, reducir la contaminación, proteger nuestros bosques, utilizar responsablemente la energía y exigir políticas ambientales eficaces son acciones que, sumadas, pueden marcar la diferencia.
El planeta no necesita que nos alarmemos; necesita que actuemos. Todavía estamos a tiempo de cambiar el rumbo, pero ese tiempo no es indefinido. La pregunta ya no es si debemos hacer algo, sino cuánto estamos dispuestos a hacer antes de que las consecuencias sean todavía mayores.