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Nacional | martes 15 de septiembre
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Por Armando Maya Castro | martes, 15 de septiembre de 2026
En 1810 no comenzó la lucha por la independencia de México. Aquel año inició la insurrección que transformaría el destino de la Nueva España, pero el anhelo de emancipación y la inconformidad venían de mucho antes.
Durante siglos hubo rebeliones y movimientos de resistencia contra el dominio colonial, muchos de ellos calificados por las autoridades como “motines”, “sediciones” o “conspiraciones”, términos que también buscaban desacreditar a quienes cuestionaban el orden establecido.
Sin embargo, fueron los acontecimientos de 1808 y 1809 los que aceleraron el proceso y prepararon las condiciones más inmediatas para 1810. La crisis política provocada por la invasión napoleónica de España y la ausencia de Fernando VII dio forma a una posibilidad hasta entonces dispersa: que los habitantes de la Nueva España asumieran el gobierno y determinaran su propio destino.
En 1808, Francisco Primo de Verdad y Juan Francisco de Azcárate plantearon en la Ciudad de México que, ante la ausencia del monarca, la Nueva España asumiera provisionalmente el gobierno. La propuesta fue sofocada: el virrey Iturrigaray fue depuesto y sus principales promotores, encarcelados.
Pero una idea reprimida no necesariamente muere.
En 1809, en Valladolid, surgió otra conspiración, promovida por los militares José María García Obeso y José Mariano Michelena, junto con militares, religiosos, abogados y representantes indígenas. Según Carlos Herrejón, en Hidalgo: Maestro, párroco e insurgente, buscaban establecer una junta de gobierno. La conspiración fue descubierta y sus participantes, apresados.
Aquellos hombres fueron derrotados, pero la idea y el anhelo permanecieron.
Un año después, en Querétaro, Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama, Miguel Domínguez y Josefa Ortiz de Domínguez, entre otros, continuarían una historia que no había comenzado con ellos. Descubierta la conspiración, el levantamiento tuvo que adelantarse.
Por eso, el 16 de septiembre de 1810 no fue el nacimiento de un deseo de libertad. Fue el momento en que una inconformidad acumulada durante generaciones dejó de poder ser contenida.
La Corona pudo sofocar conspiraciones, encarcelar hombres y desarticular proyectos, pero no pudo encarcelar una idea ni extinguir un anhelo.
1810 no encendió la primera chispa; hizo que el fuego que llevaba años ardiendo se volviera imposible de apagar.