Hombre resulta de la tercera edad es herido de bala en la mandíbula en una llantera
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Por Norma Bustamante | lunes, 28 de septiembre de 2026
Aprender el arte de vivir en un mundo sobresaturado de información y además identificar si ésta es falsa o verdadera, es el desafío que en ninguna otra época de la historia humana se había presentado. En educación el cambio actual no es como los cambios del pasado, los educadores nunca tuvieron que enfrentar una situación de esta naturaleza y además preparar a las próximas generaciones para vivir en un mundo repleto de desafíos.
Todavía hace poco la visión de la educación era distinta. Se esperaba que el conocimiento tuviera un valor duradero. La educación era como la adquisición de un producto que como todas las posesiones podía y debía atesorarse para siempre, esto ya no es así, el conocimiento es desechable, se compara a un producto que ha perdido su antiguo encanto.
La historia de la educación está conformada de épocas críticas en las cuales se hizo evidente que estrategias y métodos confiables hasta ese momento exigían modificaciones porque no correspondían a las nuevas realidades, eso ha sucedido siempre y es producto del avance de la ciencia y la adaptación de los modelos educativos a esas realidades, era necesaria e inobjetable. Se hacían ajustes y reformas. Sin embargo la situación actual es diferente, los retos actuales están golpeando duramente la esencia misma de la idea de la educación tal como se ha concebido siempre.
Puede resultar burdo el ejemplo pero vale hacerlo. Hoy las cosas más preciadas envejecen rápido y sin que haya un plazo definido, de pronto lo que antes era un orgullo, se convierte en un estigma de vergüenza. La opulencia se mide por las cosas que se tiran diariamente para dejar lugar a las nuevas. Descartar las cosas, arrojarlas al bote de la basura y cambiar, es una tendencia que en ciertos niveles sociales, se convierte en casi una pasión. La capacidad de durar mucho tiempo y servir indefinidamente a su propietario ya no funciona así. Se espera que las cosas sirvan sólo un tiempo determinado, que lo antes posible, hayan agotado su vida útil. El consumismo de hoy ya no se define por la acumulación de cosas sino por el breve tiempo del que disfrutamos de ellas.
Ese ejemplo está sucediendo ahora con el caudal de conocimientos adquiridos en los años pasados. Ahora en este torbellino de cambios, muchos conocimientos son de corta vida y esto exige la capacidad de adaptación para ir al ritmo del avance vertiginoso de esos cambios. Ese es el enorme desafío de la educación institucionalizada, la verdad del conocimiento existente que toma de sorpresa aún a las personas mejor informadas.
En el pasado reciente, la memoria era un valor positivo, hoy no lo es tanto, en muchos casos es inútil. No podemos dejar de preguntarnos en qué momento el rápido y espectacular crecimiento de los servidores y las redes electrónicas empezaron a sustituir el trabajo de memorizar hasta un número telefónico y llegar ahora a sospechar que esa información acumulada en esos servidores, podría ser una tentación para tomar el control de las conductas humanas.
Y aunque pudiera parecer una paradoja, frente a esa necesidad de que la educación incorpore todos los elementos necesarios para subirse a esos nuevos escenarios de habilidades tecnológicas, no puede perderse el sentido de formación de ciudadanos que recuperen el espacio público de diálogo y de sus derechos democráticos y sociales.
La distribución de los conocimientos, o sea el sentido de la educación, enfrenta esos nuevos escenarios de información que parecen misteriosos e inaccesibles, y aunque es claro que todo lo desconocido puede sentirse como una amenaza, para la educación no debe serlo, debe abordarse sin dilaciones, porque el futuro ya no es un tiempo que se persiga, está aquí, presente, vulnerando las reglas conocidas y los protocolos establecidos.
La educación de hoy está en serias dificultades y ante eso recordemos lo que un moderno filósofo afirmó, que cuando uno se desliza sobre una delgada capa de hielo la salvación está en la velocidad, para no correr el riesgo de que al quedarnos demasiado tiempo se ponga en riesgo la resistencia del lugar y eso, por supuesto, va en contra de la esencia de todo lo que representaron el aprendizaje y la educación a lo largo de la mayor parte de la historia.
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