Editorial

En nombre de Dios

Por Armando Maya Castro | martes, 29 de septiembre de 2026

EMX-En nombre de Dios


Hay frases que no deberían pasar de largo. Una de ellas acaba de pronunciarla el papa León XIV en Metz, Francia: “Invocar el nombre de Dios para justificar la violencia o la opresión es profanar su nombre”. Ante representantes de distintas tradiciones religiosas, añadió que nada que “desfigure la dignidad humana” puede reclamar inspiración divina, según refiere una nota de Vatican Press.

La frase papal no es una más. Y quizá convenga detenerse en ella, no solo por lo que dice, sino por lo que obliga a recordar.

La historia demuestra que religión y poder han caminado juntos demasiadas veces. Durante la Edad Media y el Renacimiento hubo momentos en que la defensa de la fe quedó ligada al poder temporal; la coerción religiosa, las guerras justificadas por motivos espirituales y la persecución de quienes eran considerados enemigos de la religión formaron parte de una historia que hoy resulta incómoda, pero que no puede borrarse.

Por eso, las palabras pronunciadas en Metz tienen un alcance que rebasa el protocolo de un encuentro interreligioso. Cuando un pontífice afirma que utilizar el nombre de Dios para justificar la violencia constituye una profanación, está formulando un principio que inevitablemente navega con la propia historia de la Iglesia católica.

Porque una cosa es hablar de Dios y otra muy distinta hablar en nombre de Dios para legitimar el poder.

Ahí se encuentra una de las fronteras más delicadas de la religión. Cuando la fe conduce a la conciencia, a la compasión, a la verdad y al respeto por la dignidad humana, cumple una función espiritual. Pero cuando el poder se reviste de lenguaje sagrado para imponer, perseguir o someter, lo religioso corre el riesgo de convertirse en instrumento político.

León XIV ha llamado a las religiones a ser “guardianas de la vida” y a trabajar por la paz, la fraternidad y la protección de la persona. Es una formulación que merece ser tomada en serio, precisamente porque la historia demuestra que no siempre se actuó conforme a ella.

Los siglos dejan una lección difícil de esquivar: ningún poder debería emplear el nombre de Dios como coartada. Y ninguna causa humana, por elevada que pretenda ser, puede reclamar legitimidad divina cuando para imponerse tiene que pisotear la dignidad del ser humano.

El nombre de Dios no necesita violencia para ser defendido. No necesita opresión para hacerse escuchar. Y mucho menos necesita del sufrimiento de los hombres para demostrar su grandeza.

Cuando alguien utiliza a Dios para justificar la violencia, quizá no esté defendiendo a Dios, sino defendiendo su propio poder e intereses.

Y esa diferencia, aunque parezca sencilla, ha costado siglos aprenderla.