Registra México reducción en transmisión de sarampión gracias a 17 millones de vacunas
Nacional | martes 31 de marzo
Noticias de Tijuana. El Gran Diario Regional en línea, presentando noticias en tiempo real con información de Tijuana, Mexicali, Ensenada, Rosarito, Tecate, Baja California, México y el mundo
En Tendencia: Jaime Bonilla, AMLO, Marina Del Pilar, Policiaca Tijuana, Garita Tijuana, UABC, Pandemia, COVID, Xolos, Toros
Por Braulio Serrano Ruíz | martes, 31 de marzo de 2026
Mexicali
En política y en el ánimo social, pocas cosas logran unir tanto como el futbol. Y si ese futbol se convierte en vitrina global, como lo será la COPA MUNDIAL FIFA 2026, el momento deja de ser deportivo para convertirse en un acto de Estado. Así lo dejó ver la Presidenta de México, CLAUDIA SHEINBAUM PARDO, quien no solo habló de goles y estadios, sino de identidad, de orgullo y de una narrativa nacional que busca proyectarse al mundo con orden, entusiasmo y capacidad organizativa.
La reunión en Palacio Nacional con GIANNI INFANTINO no fue un simple protocolo. Fue, en esencia, una señal política clara: México quiere que el Mundial no solo se juegue en sus canchas, sino que se viva como una experiencia histórica. La mandataria lo dijo sin rodeos: la inauguración del 11 de junio en el Estadio Ciudad de México será “histórica y excepcional”. Y más allá del entusiasmo, el mensaje tiene fondo: el país busca reposicionarse ante el mundo como anfitrión confiable, moderno y capaz.
No es menor que el arranque contemple a la Selección Mexicana frente a Sudáfrica. El simbolismo es evidente: México abriendo su propio Mundial, con su gente, en su casa. En tiempos donde la conversación pública suele estar marcada por la polarización, el llamado de la presidenta a “echarle porras” no es ingenuo; es una invitación a recuperar espacios de cohesión social. El futbol como punto de encuentro, como narrativa común.
Y en ese mismo tono, Infantino reforzó la idea: México será una fiesta. La entrega simbólica de las tarjetas arbitrales a la presidenta no es un detalle menor; es una forma de reconocer la corresponsabilidad del país en la organización de un evento que trasciende lo deportivo. El Mundial no es solo espectáculo: es logística, seguridad, infraestructura, turismo, economía. Es, en pocas palabras, una prueba de Estado.
Pero mientras el balón empieza a rodar en el discurso, en el terreno político nacional se libra otra competencia, menos visible pero igual de relevante: la renovación del árbitro electoral. El proceso para elegir a tres consejeros del Consejo General del Instituto Nacional Electoral se perfila como una de las pruebas más delicadas del equilibrio democrático.
El Diputado RICARDO MONREAL ÁVILA ha sido enfático: más de 500 aspirantes se registraron, 395 concluyeron el proceso y todos serán evaluados bajo criterios técnicos, sin intervención política. La narrativa es clara: blindar el proceso, garantizar imparcialidad y enviar confianza en las instituciones.
Sin embargo, en política, la forma es fondo. El hecho de que se subraye reiteradamente que “ningún partido influye” refleja también la sensibilidad del tema. La integración del órgano electoral siempre ha sido terreno de suspicacias, presiones y lecturas cruzadas. Por eso, cada etapa —desde la revisión de expedientes hasta el examen “sin acordeón, sin notas, sin libros”— adquiere un peso simbólico mayor.
El calendario es preciso: evaluación documental, examen de conocimientos, análisis de idoneidad, entrevistas y conformación de quintetas que deberán alcanzar mayoría calificada en el Pleno. Y si no hay consenso, la insaculación. Es decir, el azar como último recurso institucional. Un mecanismo que, aunque previsto en la ley, siempre deja un sabor agridulce en la política.
En paralelo, el Plan B electoral avanza en el Congreso, junto con reformas en materia laboral y de derechos de autor que han generado debate entre colectivos, industria y legisladores. Aquí también hay un mensaje relevante: la apertura a modificar dictámenes incluso en el Pleno. En un contexto donde muchas reformas se perciben como inamovibles, reconocer que “no está escrito en piedra” introduce un matiz de flexibilidad.
Así, el país se mueve en dos pistas simultáneas. Por un lado, la construcción de un gran evento internacional que busca proyectar optimismo y capacidad organizativa. Por el otro, la consolidación de sus instituciones democráticas, donde la credibilidad del árbitro electoral sigue siendo pieza clave.
Ambos procesos, aunque distintos, comparten un mismo hilo conductor: la confianza. Confianza en que México puede organizar un Mundial exitoso. Confianza en que el sistema político puede elegir a sus árbitros sin sesgos. Confianza en que las reformas se discutan, se ajusten y se legitimen.
Porque al final, más allá de los discursos y las declaraciones, lo que está en juego es la percepción de un país que quiere mostrarse sólido hacia afuera y consistente hacia adentro. El Mundial será la vitrina; el INE, la base institucional. Uno atraerá reflectores globales; el otro sostendrá la democracia cotidiana.
Y en ese equilibrio, en esa dualidad entre espectáculo y estructura, se juega una parte importante del México que viene.