Editorial

La visión de lo invisible

Por Redacción | sábado, 30 de mayo de 2026

EMX-La visión de lo invisible

Por Rogelio Brambila.


Último viaje

Hay viajes que comienzan mucho antes de que uno suba al tren. Viajes silenciosos, interiores, casi
imperceptibles, que no aparecen en mapas ni horarios y que, sin embargo, transforman lentamente la manera en
que miramos el mundo. Nadie nos prepara para ellos. No existen manuales ni estaciones claramente señaladas.
Apenas pequeñas señales: el cansancio que antes no existía, la memoria que se vuelve más selectiva, la extraña
sensación de que ciertas cosas empiezan a quedarse atrás aun cuando todavía permanecen frente a nosotros.

Tal vez por eso algunos trayectos no necesitan destino. Les basta el movimiento.

Les basta esa lenta modificación del paisaje interior que ocurre mientras la vida continúa
aparentando normalidad.

Y quizá todos, en algún momento, abordamos un tren semejante sin darnos cuenta. Y el tren
parte sin prisa, como si supiera que no había regreso, aunque nadie lo hubiera dicho en voz
alta.

En tanto, afuera, los paisajes se repiten con una obstinación sospechosa: campos amarillos,
árboles detenidos en un gesto de cansancio, casas que parecían recordar algo que ya no estaba.
Todo tiene una textura áspera, como si el mundo hubiera sido lijado por dentro.

Yo miro mis manos. No son las mismas.

No por fuera —la piel sigue ahí, obediente—, sino por dentro: pesan distinto, como si cada
dedo guardara una despedida.

El vagón olía a metal tibio y a fruta demasiado madura. Un niño reía en algún sitio, pero su risa
llegaba como a través de agua. Todo estaba ligeramente lejos.

Pensé: aún no. Pensé: todavía queda algo. Pero el cuerpo —ese territorio que uno cree suyo—
comienza a cerrarse como una casa al anochecer. Las ventanas ya no abren igual. Las puertas
ofrecen resistencia. Y en los pasillos, donde antes corría el aire, ahora hay una quietud espesa,
casi mineral.

El tren avanza. En el mismo paisaje, y sin embargo no. Lo que antes tenía color ya no.

Era yo, y sin embargo no. Entonces entendí: no se trata de llegar, sino de ir dejando.

De ir soltando estaciones invisibles. De aceptar que hay viajes donde el equipaje es uno mismo.
Más pesado que ayer. Y que, al final, lo que desaparece no es la vida, sino la forma en que
aprendimos a nombrarla. Quizá ahí reside una de las verdades más difíciles de aceptar: la vida
no se rompe de golpe; se transforma lentamente hasta volverse irreconocible para quien
intenta aferrarse a la versión anterior de sí mismo. Hay despedidas que ocurren sin funerales.
Hay ausencias que comienzan mientras todavía estamos presentes.
Y hay silencios que llegan mucho antes de que el mundo note nuestra distancia.

La visión de lo invisible, en esta ocasión, no apunta hacia las calles ni hacia las instituciones,
sino hacia ese territorio íntimo donde el ser humano comienza a comprender que todo cambia
incluso cuando aparenta permanecer intacto.

Porque el tiempo no siempre destruye. A veces únicamente desgasta los bordes de las cosas
hasta obligarnos a mirarlas de otro modo.

Tal vez por eso ciertos viajes no necesitan estaciones finales. Basta el trayecto. Basta la
conciencia de que avanzar también significa desprenderse.

Y quizá el verdadero aprendizaje no consista en evitar esos caminos, sino en aprender a
recorrerlos con dignidad, con memoria y con la serenidad suficiente para entender que incluso
aquello que parece desaparecer continúa existiendo de otra manera, en otro sitio, bajo otro
nombre.

El tren siguió avanzando.

Y nadie preguntó cuándo terminaría el viaje.

Comentarios: ultrared@hotmail.com