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Por Redacción | miércoles, 16 de septiembre de 2026
Hay una edad del amor en la que algunas palabras dejan de ser necesarias. Después de muchos años juntos, un vaso de agua colocado junto a la cama puede decir más que una declaración; preparar el alimento que el otro puede tolerar, acomodarle una almohada, esperar afuera de un consultorio o permanecer despierto durante una mala noche se convierten en otra manera de decir: aquí estoy. Cuando una enfermedad grave entra en la vida de una pareja adulta mayor, no llega sola. Modifica horarios, habitaciones, conversaciones, proyectos y economías. Y entonces el amor, aquel que alguna vez pudo expresarse con flores y promesas, adquiere una forma mucho más sencilla y profunda: la presencia.
El cáncer es una palabra difícil. No hace falta adornarla ni convertirla en protagonista. Quienes han vivido cerca de ella saben que después del diagnóstico comienza un recorrido que afecta no solamente a quien enferma, sino también a quien permanece a su lado. En las parejas adultas mayores esto adquiere características particulares. Son dos personas que probablemente llevan décadas compartiendo la vida y que, de pronto, deben aprender una nueva rutina.
Uno recibe el tratamiento. El otro aprende los horarios. Uno pierde el apetito. El otro busca qué cocinar. Uno se cansa, el otro procura no mostrar su propio cansancio. Uno tiene miedo y el otro también, pero muchas veces decide guardarlo. Y así, casi sin darse cuenta, la pareja comienza a vivir la enfermedad en plural.
Hay cuidados que nadie enseña. Como aprender a distinguir cuándo el otro necesita ayuda y cuándo necesita conservar su independencia. Saber cuándo preguntar y cuándo guardar silencio. Intuir cuándo preparar los alimentos, acompañar a las consultas, recordar medicamentos, caminar despacio, encontrar alguna película que provoque una sonrisa o simplemente sentarse juntos cuando no existen ganas de hablar.
En esas pequeñas acciones aparece una forma distinta del amor. No necesariamente mejor ni más grande. Simplemente más profunda. Pero existe algo que frecuentemente olvidamos: quien cuida también se cansa.
La persona acompañante puede dormir menos, alimentarse peor, abandonar actividades propias y posponer consultas médicas. La preocupación sostenida también afecta su bienestar emocional. En una pareja de adultos mayores esta situación merece especial atención porque quien cuida puede estar enfrentando, al mismo tiempo, sus propias enfermedades, limitaciones físicas o necesidades de tratamiento. Por eso cuidar al paciente implica también cuidar a quien lo acompaña.
Existe otra realidad mucho menos visible. ¿Qué sucede cuando el tratamiento que una persona necesita no está disponible en su lugar de residencia? Entonces comienza otro viaje. Para numerosas familias mexicanas, recibir atención oncológica especializada implica trasladarse temporalmente a otra ciudad. Y eso significa mucho más que comprar un boleto. Significa encontrar dónde vivir durante semanas. Pagar alimentación fuera de casa. Resolver transportación diaria. Alejarse de la familia. Dormir en una cama ajena precisamente cuando el cuerpo más necesita descanso. Aprender calles desconocidas mientras se intenta comprender lo que está ocurriendo con la propia salud. Y casi siempre alguien acompaña. Así, donde aparentemente viaja un paciente, económicamente viajan dos. La casa de origen continúa generando gastos mientras otra vida provisional comienza a pagarse en otro lugar.
Existe un concepto utilizado cada vez más para describir esta realidad: toxicidad financiera. No se refiere al tratamiento médico, sino al daño económico y emocional que pueden provocar sus costos. Estudios realizados con adultos mayores mexicanos con cáncer y sus familiares han encontrado algo revelador: detrás de los tratamientos aparecen con frecuencia el endeudamiento, la utilización de ahorros y la preocupación por la estabilidad económica familiar. Las entrevistas, según https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/35286137/, dicen quizá más que los porcentajes: las familias hablan de pedir prestado, reorganizar completamente sus gastos y utilizar recursos que habían reservado para otros años de su vida. Aquí aparece una paradoja dolorosa. El paciente puede terminar el tratamiento. Puede recuperarse. Puede regresar a casa. Puede incluso reincorporarse poco a poco a su vida cotidiana. Pero las cuentas regresan con él.
Quedan préstamos, tarjetas, ahorros disminuidos, gastos de traslado, hospedaje y alimentación. En ocasiones, permanece una deuda que tarda meses o años en desaparecer. Es una secuela que no aparece en los estudios clínicos. Esta realidad obliga a mirar hacia las instituciones. No todas las ciudades pueden contar con hospitales de alta especialidad para cada padecimiento. Sería poco realista exigirlo. Pero sí resulta legítimo pedir una planeación sanitaria que evite que la distancia geográfica se convierta en castigo económico.
En ciudades como Ensenada y en otras regiones de Baja California, necesitamos fortalecer progresivamente la atención oncológica pública cercana, ampliar la capacidad diagnóstica y terapéutica disponible y establecer mejores mecanismos de referencia cuando el traslado sea inevitable. Y cuando necesariamente haya que viajar, el sistema de atención debería contemplar también esa realidad. Apoyos temporales para hospedaje. Transporte. Orientación social. Convenios institucionales. Casas de estancia dignas para pacientes y acompañantes. Información clara sobre ayudas disponibles. Porque trasladar a una persona para recibir tratamiento sin preguntarse cómo pagará su estancia es resolver solamente una parte del problema.
Esta columna no pretende instalarse en la tristeza. Al contrario. Hay tratamientos que terminan bien. Hay personas que recuperan fuerzas, regresan a sus actividades y vuelven a sentarse frente a su propia mesa. Hay parejas que después de meses difíciles vuelven a caminar juntas, a reír, a discutir por pequeñas cosas y a descubrir el extraordinario privilegio de recuperar la normalidad. Ahí está la esperanza. Pero la esperanza no debe utilizarse para ocultar aquello que necesita corregirse. Cuando una familia ha conseguido atravesar una enfermedad grave, no deberíamos permitir que después tenga que librar sola otra batalla contra las deudas acumuladas.
La atención integral no puede terminar en la última sesión de tratamiento. También debería preguntarse cómo quedó la persona, cómo quedó quien la cuidó y cómo quedó la economía de ese hogar. Porque a veces sanar el cuerpo toma meses. Sanar las finanzas familiares puede tomar años. Y detrás de todo permanece esa pareja. Quizá ya no se dicen todos los días que se aman. No hace falta. Uno acerca la taza. El otro acomoda la almohada. Uno pregunta: “¿Ya comiste?” El otro responde que sí. Y siguen ahí. Después de tantos años, tal vez esa sea una de las expresiones más hondas del amor: quedarse cuando la vida se vuelve difícil y seguir cuidándose cuando las palabras ya no alcanzan.
Desde La visión de lo invisible, corresponde también pedir a quienes diseñan y administran nuestros servicios públicos de salud que miren a esas dos personas. No solamente al expediente del paciente. También a quien sostiene su mano. Y a la economía familiar que, silenciosamente, está pagando el precio de intentar recuperar la vida.
Por José Rogelio Brambila Suárez